11 años desde mi última quimioterapia: por qué la dejé. Mi historia, no un consejo.
| Con Whiskote |
Os pongo un poco en contexto, por si es la primera vez que me leéis. Me diagnosticaron cáncer a los 25 años, me operaron para quitarme el colon y me hicieron 8 ciclos de quimioterapia (de abril a octubre) y 23 sesiones de radioterapia. Eso fue en 2012. En junio de 2014 me diagnosticaron metástasis en el peritoneo y entonces hice un año seguido de quimioterapia (de principios de julio 2014 al 1 de julio de 2015), con una pausa para intentarme operar en diciembre de 2014. Creo que os lo he resumido bastante bien. En este blog ya os he hablado de todas y cada una de las quimioterapias, con sus efectos secundarios y demás.
La clave estuvo en la “no” operación del 2 de diciembre de 2014. Semanas antes de la cirugía, cuando me dijeron que la quimioterapia no había funcionado, era mi intención operarme y luego ya está, no hacer más quimioterapia. No se lo había comentado a nadie, pero quería centrarme en comer lo más saludable posible. En aquel entonces todavía era vegetariana; había dejado de comer animales a finales de junio de 2014, pero todavía comía queso en algunas ocasiones (principalmente cuando hacía quimioterapia, cuando lo único que aceptaba mi cuerpo eran aceitunas, queso y pan).
Pero al levantarme de la cirugía vi que no habían podido realizar la operación que debía alargar mi vida, así que, tras mucho insistir, hablé con el cirujano de aquel hospital. Le pregunté fríamente cuánto me quedaba de vida, fui yo quien quiso saberlo. Me dijo que había dos tipos de quimioterapia para mi tipo de cáncer: la que me habían hecho hasta entonces (Folfox), que no había funcionado y, por lo tanto, la iban a descartar, y otra. Añadió que no me curaría, que sería una quimioterapia paliativa y que, hasta que mi cuerpo la pudiera aguantar, la irían haciendo. Y luego, ya está. Le pregunté cuánto tiempo era eso y me respondió: entre 4 y 14 meses. Vaya.
Cambiaron mis planes por completo. Yo pensaba que después de la cirugía quedaría “limpia”, aunque luego volviera. Pero no fue así. Entonces, pensé que quizás debería intentar la otra quimioterapia y hacerla, a ver qué pasaba. Dentro de mí pensaba que, si hacía quimio y además me cuidaba con la alimentación y otras cosas, la quimioterapia podría ser una buena herramienta para intentar que el cáncer no creciera y se mantuviera tal y como estaba. Tenía que intentarlo todo.
| Con Kiro |
Poco se habla de la carga invisible, a nivel psicológico, que tiene la quimioterapia. Y digo invisible porque sí que hay bajones, hay días más positivos y días más negativos, pero no sé cómo explicarlo. Creía que podría aguantar todos los ciclos de Folfiri que fueran necesarios, que no me cansaba; sí que tenía efectos secundarios, pero desaparecían. Pero a principios de febrero de 2015, cuando ya llevaba unos 4 ciclos de Folfiri y todavía no había experimentado los efectos secundarios más graves (de hecho la toleraba mucho mejor que la Folfox), y repito, me sentía invencible y sentía que podía vivir una larga vida acompañada por aquella quimioterapia… PERO, DE REPENTE, NO PUDE MÁS. Por eso hablo de una carga invisible, porque yo misma sabía que podía aguantar todos los ciclos que fueran necesarios y, al mismo tiempo, yo misma NO QUERÍA hacerlo. Es algo que me cuesta mucho de expresar con palabras, pero intento hacerlo de la mejor manera para que podáis entenderme.
Si me quedaba poco de vida y esa quimioterapia no iba a curarme, decidí que no quería que mis últimos meses de vida consistieran en ir al hospital a hacerme ciclos cada 10 días. No quería más efectos secundarios, aunque sabía que serían pasajeros. No. Quería estar tranquila, alejada de los hospitales. Acepté que tenía que morir, pero decidí que mis últimos días no serían disfrutar únicamente de los dos días que tenía aceptables entre quimioterapia y quimioterapia, sabiendo que luego volvería a estar mal. E insisto: podía hacerlo, pero ya no lo toleraba más. Suena contradictorio, y lo es. Quizás alguien que haya pasado por lo mismo me pueda entender, no sé expresarlo de otra manera.
La única situación que me llevaría a decidir retomar la quimioterapia era que sus efectos secundarios fueran más tolerables que el posible dolor, que hasta entonces no había tenido. Solo entonces, si me aliviaba algo, volvería a reiniciarla.
| En Lisboa |
De hecho, en diciembre de 2018 se volvieron a ver “metástasis”. Tenía oclusiones intestinales: primero cada dos semanas, luego semanalmente y, finalmente, ya diariamente. Rechacé la quimioterapia y quería probar distintas cosas antes de retomarla. No funcionó y recuerdo que, en mayo de 2019, hablé con mi oncólogo y le dije que, si continuaba con tanto dolor y tan poca calidad de vida, reiniciaría la quimioterapia, porque entonces sí que creo que hubiera podido obtener beneficios. Pero hice una oclusión intestinal a principios de junio que no pudo revertirse y entré a quirófano de urgencias. Allí vieron que no tenía ni rastro de metástasis y que lo que había provocado aquella oclusión era un tumor desmoide.
Vuelvo a febrero de 2015. Perdonad si voy haciendo tantos saltos en el tiempo. Era mediados/finales de mes y me atreví a decirles a mis padres y a mi pareja que iba a dejar la quimioterapia, que por favor no pensaran que estaba loca, pero que ya no podía más. Entendieron mi situación; habían visto todo lo que había sufrido y que el resultado no había sido lo esperado. No solo me apoyaron, sino que me dijeron que en mi situación actuarían igual. Les rogué que me dijeran la verdad, su honesta opinión, y aseguraron que no decían aquellas palabras para hacerme sentir bien.
Espero que se entienda la esencia del mensaje que quiero transmitir y que, en ningún caso, se mal interpreten mis palabras.
Simplemente sentía que hoy, 11 años después de terminar el 28º ciclo de quimioterapia, necesitaba explicar abiertamente lo que me llevó a tomar aquella decisión. Es una entrada algo distinta, pero espero que os guste.
| Cumpleaños de mi madre |
| Queda claro mi color preferido |
Nai <3
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